También hago música

martes, 8 de septiembre de 2015

Granizo

*Esteban de 4 años lleva 11 meses desaparecido. El pequeño salió a jugar al patio de su casa el día del fatídico granizo que dejó decenas de heridos y nunca más apareció. Niegan que alguna entrada haya sido forzada, su familia no entiende como pudo haber pasado estando todos ellos presentes en la casa, se los descartaron como sospechosos.
Clarín 9 de Septiembre de 2014.*




La extraña desaparición de su hermanito, dejó destruida a la familia de Nico, su hermano fue a jugar al quincho en el patio de su casa porque le gustaba ver la lluvia y las piedras caer desde ahí adentro, seguro bajo el techo, sus muñecos peleaban en un sin fin de golpes y escupía onomatopeyas exageradas que solo un chico de 4 años puede expresar con total adoración hacia sus figuras de acción.
El día estaba nublado y hacía frío, el viento acariciaba los brazos de Nico de 15 años dejándole la piel de gallina y una nostalgia que lo entristecía al pensar que ese día se cumplía un año de la desaparición de su hermano, el clima no lo hacía sentir nada mejor
Las primeras gotas cayeron en pequeñas salpicaduras como las que se hacen en las piletas en verano, Nico miró al cielo y pensó que nunca había extrañado tanto a Esteban, su hermano tenía tanto por hacer, tanto para jugar, se arrepintió de todo lo que no le dijo, lo que no hizo con él, lo que no dibujó, lo que no cantó, lo que no lo miró... Por momentos sentía que le costaba acordarse de su cara.
Su abrigo empezó a mojarse, el cielo comenzó a tronar a las 17:56, Nico se metió bajo el techo de una parada de colectivo esperando el 60 de Fleming que lo llevaría del colegio a su casa.
Empezó a sentir suaves golpes que sonaban como el llamado a una puerta que avisa con tranquilidad la llegada de un invitado, para terminar en casi un solo de batería furioso. "El mismo granizo que hace un año" se dijo así mismo, el mismo que cuando desapareció, pensó agarrándose la cara y dejando caer los dedos por sus cachetes como si intentara borrar una mancha de comida.
Cuando bajó la vista vio como una sustancia roja se esparcía como humo encima del agua de la incesante lluvia, todo se estaba tiñendo de rojo, las piedras sonaban más fuertes y más pesadas, la gente corría y se ocultaba en sus casas, algunos autos pasaban a toda velocidad sin importar si mojaban a las personas, con tal de evitar las abolladuras de las piedras.
Nico vio que la sustancia roja aparecía en todas las veredas, las calles, salpicaban las paredes de las casas.
Una piedra de un tamaño considerable y nada parecido a agua congelada le cayó a su lado y le salpicó el pantalón, la observó con asco porque en seguida supo que no era una granizo, sino una cabeza humana. Un grito apagado salió de su boca, y un calor efímero le recorrió todo el cuerpo. Miró para los costados pero nadie estaba en esa calle desierta, nadie cuerdo lo estaría con la terrible tormenta. Cuando intentó correr para alejarse de la parada de colectivo donde estaba, vio que llovían cabezas humanas de un tamaño reducido, no eran pequeñas como el granizo común, pero tampoco llegaban a ser como las humanas, estaban achicadas a la fuerza, estaban consumidas, con poca carne, aplastadas en algunos costados con golpes. La lluvia de cráneos lo ponía histérico, las cabezas caían con fuerza y a golpes secos sobre el agua, sobre los autos, sobre el techo de su parada de colectivo donde se refugiaba de la asquerosa escena. Una señora salió de su casa y a las apuradas levantó una cabeza del piso, la observó y la guardó en una bolsa que llevaba con ella. Cuando Nico la observó asqueado ella dijo "Son para que el seguro cubra los daños del auto de mi marido, nene" y se fue entre risas ante la atónita mirada de Nicolás que no sabía si la señora era una loca, o ciega.
Las cabezas seguían cayendo, algunas tenían pelo, otras no, algunas conservaban los ojos, otras tenían los agujeros por los que les brotaba sangre. Se estaban amontonando en la cuadra, y sintió como el olor a podrido, el olor a pescado, a muerte se hacía más y más fuerte, levantó una y pudo comprobar como la boca se abría sola, un aliento cálido salió de la misma, el olor a leche agría le dio arcadas y la dejó caer asustado. Pero nada lo asustó tanto como darse cuenta que nadie veía lo que él veía, la gente pateaba las cabezas al caminar, algunos las examinaban con los dedos, incluso vio una nena lamiendo una, la lengua de la chica levanto la piel áspera de un anciano lleno de berrugas, hasta que la madre le dijo "eso estaba en el piso, no seas asquerosa"
Nicolás se tapó los oídos y se quedó mirando el bizarro espectáculo mientras esperaba que en algún momento pare, tomó coraje y corrió, sin saber a donde, pero corrió deseando no ver más nada de eso.
La lluvia rebotaba sobre los cráneos, algunos con carne todavía, las gotas les caían por la frente casi como si sudaran de verdad, el agua comenzó a cesar, aunque todavía habían muchos truenos, corriendo sin destino con los ojos entre cerrados y los oídos tapados, Nicolás tuvo el miedo más grande su vida, que entre los cráneos esté el de su hermanito desaparecido.
Miró para atrás pero no reconoció ninguno de todos los que habían ahí, pero entonces una piedra le golpeó el pecho y en un acto de reflejo como si de un pase del juego "quemado" se tratara, la atrapó.
La cabeza de su hermano Esteban estaba entre sus brazos, le faltaba una oreja de la que le brotaba sangre y pus, su pelo estaba arrancado a mechones, y su boca estaba abierta como si no tuviese mandíbula que la mantuviera cerrada. Nicolás soltó la cabeza con un grito y se puso a llorar como nunca lloró en su vida, en vano era explicarle a su familia lo que vio, nadie nunca iba a creerle ni siquiera la mitad de la situación. No graniza tan seguido en Buenos Aires, pero cuando pasa, él sigue viendo las cabezas caer, y sabe que puede encontrarse con la de su hermanito nuevamente, quizás su abuela o su abuelo, y sabe que el día de mañana alguien que tenga su misma maldición, pueda ver la suya rodando por ahí.



Este dibujo de John Kenn me inspiró a escribir este cuento.

viernes, 12 de junio de 2015

Piedra libre

No puedo afirmar que todo lo que escriba se acerque en un 100% a la realidad de lo que viví, mentiría si digo que me acuerdo todo con exactitud. Algunas imágenes están tan borrosas que parecen un sueño extraño del que me acuerdo después de un cierto tiempo. Sin más preámbulos quiero contarles lo que me pasó un verano del 2014, si el lector desea no creerme está en todo su derecho, a veces ni yo creo que realmente me haya pasado, pero mis pesadillas aún hoy en día siguen asegurándome que todo lo que viví fue real. Mi psicólogo me recomendó que escriba esto a modo de catársis, como si se lo explicara a otra persona, que así podría verlo desde afuera y recordar más detalles. Espero esto sirva

Matías viajaba mucho en colectivo, siendo fotógrafo le encantaba retratar todo momento de la vida cotidiana. Desde la ventana del transporte público captaba los momentos que su país, Argentina, le ofrecía; Perros peleando, pobreza, parejas besándose, ancianos alimentando palomas, padres e hijos jugando, simples casas de barrio, hojas volando en la brisa veraniega, y otros tantos escenarios que solo alguien que sabe de la profesión puede aprovechar bien. Matías solía decir "siempre está pasando algo, solo que no siempre estamos ahí para captarlo" por eso llevaba su cámara a todas partes y sacaba fotos a todo, de ahí salieron sus obras de las que se sentía más orgulloso, las que eran 'viviendo el momento'.
  Fue así que un 11 de Enero vio lo que sería la foto perfecta, viajando en un colectivo 343, se encontró con una casa de rejas negras, pasto descuidado. Casi en el medio de la misma, una estatua. Parecía un guardián de la entrada, imponente de un metro ochenta aproximadamente ya que era más alta que él.
La pieza de arte era una mujer de cabello recogido, tenía una toga blanca que le cubría todo el cuerpo, con la mano derecha se apoyaba sobre su cintura en la clásica posición jarra, mientras que con la otra se sostenía la toga por encima de su hombro. Aquel paisaje era increíble, era tan natural, tan raro.
  Tocó el timbre para bajar del colectivo y se volvió dos cuadras hasta llegar a la casa, miró a la estatua fijamente, sacó su cámara y tomó al rededor de 9 fotos de distintos ángulos antes de irse.
Al llegar a su casa vio que las fotos no le transmitían nada, sabía que era el escenario perfecto pero que él no lo estaba captando así que al siguiente día regresó. Intentó subirse a un pilar porque ahora quería una foto de la estatua sin las rejas. Matías se río al recordar que hacía 2 semanas que estaba viendo esa estatua como parte del paisaje en su viaje, pero nunca se había percatado que todo este tiempo tuvo la foto perfecta frente a sus ojos, pero le pasaba de largo casi todos los días al viajar.
Necesitaba una buena imagen de la estatua y sabía que no la iba a conseguir desde afuera. Tocó timbre, aplaudió, gritó, pero nadie contestó, entonces se decidió a saltar la reja que no era un gran impedimento para alguien de 21 años. Matías miró la estatua de arriba a abajo, dejo caer la rodilla para apoyarse sobre ella y sacar una foto desde abajo hacia arriba para mostrar la estatua como una figura imponente.
  Empezó a sentirse raro, primero pensó que era un calambre, después le empezaron a pesar sus rodillas, no podía levantarse, levantó la cabeza con dificultad y vio que la estatua lo estaba mirando. De aquella mirada inexpresiva empezó a esbozarse una sonrisa casi burlona, Matías entró en un pánico raro entre risas nerviosas y terror horrible, intentaba mirar a su al rededor a ver si las personas podían ver lo que él veía, no se podía mover y no podía hablar, solo gritar muy fuerte en su mente. Intentó mirar por qué nadie veía lo que él veía, fue demasiado tarde, Matías era ahora parte del jardín. Era una estatua.
  Miró a su alrededores y la figura de piedra que lo había conmovido ya no estaba ahí, ya no ocupaba espacio en aquella casa, ahora él era la atracción principal.
Pasaron las horas, los días, los meses, Matías lloraba. Pero las estatuas no lloran, así que solo sentía angustia, hambre y sed. No sentía el latido de su corazón, solo la horrible sensación de ansiedad, miedo, ganas de ver a su familia, de comer con sus papás, de jugar con sus hermanos. Lo único que mantenía la mente de Matías cuerda era mirar a las personas pasar. Una niña de unos 15 años se quedó mirándolo, a él, la nueva atracción de piedra. Se sentía tan mal, hacía tanto que no tenía ningún tipo de contacto cercano con una persona, 4 meses y 25 días. Lo único que podía hacer en esa situación era contar los días y las horas. Miró fijo a esa chica de rulos y mochila, hasta que ella se acercó más a el y sacó su teléfono celular para sacarle una foto a la estatua. En un fallido intento de lograr una "selfie" en la que las rejas le taparon la mitad del cuerpo de piedra, la chica se las ingenió y saltó las rejas. Matías sintió felicidad, gritaba con todas su fuerzas que lo ayudara, pero la chica no podía escuchar nada. Se acercó a él y lo miró de arriba a abajo, sacó su celular y tomó la foto. Algo le llamó la atención.
  La estatua que estaba detrás de ella, estaba tomando color, cuando ella giro para verlo vio a Matías parado, lleno de lágrimas pero riéndose. Lo escuchó gemir "-Perdón, por favor perdón. Si querés salir tenes que llamar la atención de alguien, yo sé que vas a poder"
Matías corrió como nunca en su vida, gritando, temblando, llorando. Por fin volvió a sentir el viento en la cara, estaba tan feliz que ni siquiera sentía nada de culpa por haberle arruinado la vida a una chica de tan solo 15 años. Al menos no hasta el momento donde sigue pasando por la casa y sigue viendo que la estatua sigue siendo la misma chica, hace más de 3 años que la estatua con uniforme escolar sigue ahí.
  Hoy Matías va a hacer algo que debió hacer hace mucho tiempo, va a volver a convertirse en lo que él más amaba. El arte. Y así liberar a la víctima que una vez lo liberó. Matías no puede vivir con esta culpa. No más.