Clarín 9 de Septiembre de 2014.*
La extraña desaparición de su hermanito, dejó destruida a la familia de Nico, su hermano fue a jugar al quincho en el patio de su casa porque le gustaba ver la lluvia y las piedras caer desde ahí adentro, seguro bajo el techo, sus muñecos peleaban en un sin fin de golpes y escupía onomatopeyas exageradas que solo un chico de 4 años puede expresar con total adoración hacia sus figuras de acción.
El día estaba nublado y hacía frío, el viento acariciaba los brazos de Nico de 15 años dejándole la piel de gallina y una nostalgia que lo entristecía al pensar que ese día se cumplía un año de la desaparición de su hermano, el clima no lo hacía sentir nada mejor
Las primeras gotas cayeron en pequeñas salpicaduras como las que se hacen en las piletas en verano, Nico miró al cielo y pensó que nunca había extrañado tanto a Esteban, su hermano tenía tanto por hacer, tanto para jugar, se arrepintió de todo lo que no le dijo, lo que no hizo con él, lo que no dibujó, lo que no cantó, lo que no lo miró... Por momentos sentía que le costaba acordarse de su cara.
Su abrigo empezó a mojarse, el cielo comenzó a tronar a las 17:56, Nico se metió bajo el techo de una parada de colectivo esperando el 60 de Fleming que lo llevaría del colegio a su casa.
Empezó a sentir suaves golpes que sonaban como el llamado a una puerta que avisa con tranquilidad la llegada de un invitado, para terminar en casi un solo de batería furioso. "El mismo granizo que hace un año" se dijo así mismo, el mismo que cuando desapareció, pensó agarrándose la cara y dejando caer los dedos por sus cachetes como si intentara borrar una mancha de comida.
Cuando bajó la vista vio como una sustancia roja se esparcía como humo encima del agua de la incesante lluvia, todo se estaba tiñendo de rojo, las piedras sonaban más fuertes y más pesadas, la gente corría y se ocultaba en sus casas, algunos autos pasaban a toda velocidad sin importar si mojaban a las personas, con tal de evitar las abolladuras de las piedras.
Nico vio que la sustancia roja aparecía en todas las veredas, las calles, salpicaban las paredes de las casas.
Una piedra de un tamaño considerable y nada parecido a agua congelada le cayó a su lado y le salpicó el pantalón, la observó con asco porque en seguida supo que no era una granizo, sino una cabeza humana. Un grito apagado salió de su boca, y un calor efímero le recorrió todo el cuerpo. Miró para los costados pero nadie estaba en esa calle desierta, nadie cuerdo lo estaría con la terrible tormenta. Cuando intentó correr para alejarse de la parada de colectivo donde estaba, vio que llovían cabezas humanas de un tamaño reducido, no eran pequeñas como el granizo común, pero tampoco llegaban a ser como las humanas, estaban achicadas a la fuerza, estaban consumidas, con poca carne, aplastadas en algunos costados con golpes. La lluvia de cráneos lo ponía histérico, las cabezas caían con fuerza y a golpes secos sobre el agua, sobre los autos, sobre el techo de su parada de colectivo donde se refugiaba de la asquerosa escena. Una señora salió de su casa y a las apuradas levantó una cabeza del piso, la observó y la guardó en una bolsa que llevaba con ella. Cuando Nico la observó asqueado ella dijo "Son para que el seguro cubra los daños del auto de mi marido, nene" y se fue entre risas ante la atónita mirada de Nicolás que no sabía si la señora era una loca, o ciega.
Las cabezas seguían cayendo, algunas tenían pelo, otras no, algunas conservaban los ojos, otras tenían los agujeros por los que les brotaba sangre. Se estaban amontonando en la cuadra, y sintió como el olor a podrido, el olor a pescado, a muerte se hacía más y más fuerte, levantó una y pudo comprobar como la boca se abría sola, un aliento cálido salió de la misma, el olor a leche agría le dio arcadas y la dejó caer asustado. Pero nada lo asustó tanto como darse cuenta que nadie veía lo que él veía, la gente pateaba las cabezas al caminar, algunos las examinaban con los dedos, incluso vio una nena lamiendo una, la lengua de la chica levanto la piel áspera de un anciano lleno de berrugas, hasta que la madre le dijo "eso estaba en el piso, no seas asquerosa"
Nicolás se tapó los oídos y se quedó mirando el bizarro espectáculo mientras esperaba que en algún momento pare, tomó coraje y corrió, sin saber a donde, pero corrió deseando no ver más nada de eso.
La lluvia rebotaba sobre los cráneos, algunos con carne todavía, las gotas les caían por la frente casi como si sudaran de verdad, el agua comenzó a cesar, aunque todavía habían muchos truenos, corriendo sin destino con los ojos entre cerrados y los oídos tapados, Nicolás tuvo el miedo más grande su vida, que entre los cráneos esté el de su hermanito desaparecido.
Miró para atrás pero no reconoció ninguno de todos los que habían ahí, pero entonces una piedra le golpeó el pecho y en un acto de reflejo como si de un pase del juego "quemado" se tratara, la atrapó.
La cabeza de su hermano Esteban estaba entre sus brazos, le faltaba una oreja de la que le brotaba sangre y pus, su pelo estaba arrancado a mechones, y su boca estaba abierta como si no tuviese mandíbula que la mantuviera cerrada. Nicolás soltó la cabeza con un grito y se puso a llorar como nunca lloró en su vida, en vano era explicarle a su familia lo que vio, nadie nunca iba a creerle ni siquiera la mitad de la situación. No graniza tan seguido en Buenos Aires, pero cuando pasa, él sigue viendo las cabezas caer, y sabe que puede encontrarse con la de su hermanito nuevamente, quizás su abuela o su abuelo, y sabe que el día de mañana alguien que tenga su misma maldición, pueda ver la suya rodando por ahí.
Este dibujo de John Kenn me inspiró a escribir este cuento.

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